
Solo la trémula luz de las velas deshace la intensa oscuridad de una noche de luna apagada, cegada tal vez por el fulgor deslumbrante del inmenso plenilunio de tu cuerpo desnudo. De pie, inmóvil, con tus manos tímidamente entrelazadas a la altura de tu pubis, la cabeza baja y los ojos entornados, te sabes contemplada por mis ojos perdidos en las profundidades de tu alma.
Una suave melodía de violines rasga levemente el silencio de la estancia. Los acordes de un adagio se mezclan con los arpegios de tu respiración acompasada y la cadencia de mi voz susurrante. Mi voz pausada y profunda penetra en tu ser, inunda tus entrañas de mujer sometida, eriza la piel de tu alma, estremece el alma de tu piel.
Entregada a mi voz, te arrodillas a su orden y su mandato, te deshojas sobre el suelo como los pétalos de una flor, sin prisas, con ternura. Dócilmente, suavemente, se desploman las lunas de tu cuerpo, las piernas abiertas, las rodillas firmemente asentadas sobre el piso, los pies juntos, las nalgas delicadamente apoyadas sobre los talones.
Me acerco a ti y acaricio tu pelo desparramado sobre la frente y los hombros, tus tibias mejillas, tus labios calientes. Poso con dulzura mi mano bajo tu barbilla y elevo tu rostro hasta que nuestras miradas se encuentran. Te sonrío, sin más voz que la de mis ojos clavados en los tuyos, desgranándote todo el amor encerrado en mis pupilas. Los tuyos, radiantes de luna llena, no ocultan el candor de una niña temblorosa y postrada, de una niña ofrecida como mujer, en cuerpo y alma.
- ¿Me amas? – te pregunto en voz baja.
- Con el alma – me respondes tímidamente.
- Dímelo – y suena más a súplica que a orden.
- Te amo con el alma – me dices con voz de terciopelo.
- ¿Eres mía? – te inquiero en un leve interrogante revestido de afirmación.
- Soy tuya – contestas sin recelos.
- ¿Sabes por qué? – te pregunto mientras deslizo mis dedos por tu cuello.
- Porque me amas y te amo con el alma – susurras dulcemente.
Vuelvo a sonreírte como un paréntesis de ternura en un diálogo fascinante.
- No, princesa. Amarte no sería suficiente. Yo te adoro.
Un nuevo silencio hondo, profundo, estremecedor... Suspiras levemente... Tus ojos fijamente clavados en los míos, brillantes, detenido el femenino parpadeo de tus largas pestañas... Resuenan filigranas de cien violines en la rotunda mudez de la noche...
- Yo te adoro, princesa – te repito. – Como solo se puede amar a una diosa, creyendo en ti con la fe ciega que implica la confianza absoluta, con el tiempo sin tiempo de lo eterno. Eres mía porque eres parte de mí, porque tú no eres tú sin mí, porque yo no soy yo sin ti.
Me inclino para besar los surcos de tus lágrimas calientes. Descienden mis labios hasta tu cuello y deposito suaves besos en todo su perímetro. Siento en la carne de mis labios vibrar el denso escalofrío que te hace temblar. Cuando acabo de rodear tu cuello con mi boca, me incorporo y me alejo de ti un instante para volver con un collar de cuero azul entre mis manos.
- He marcado tu cuello con mis besos, con las lunas cuarteadas de mis labios. Son besos de luna, princesa. Para que queden prendidos en tu piel, prisioneros en ti, te coloco este collar que es símbolo de tu entrega y de tu pertenencia a mí, símbolo de mi entrega y de mi adoración por ti, símbolo de un amor eterno y sin medidas.
Acaricio las palabras en mis labios. Te muestro el collar para que tus ojos lo contemplen con detenimiento. Remachadas en plata dos letras, las dos iniciales de nuestros nombres.
- Dime princesa, ¿quieres que aprisione mis besos de luna en la piel de tu alma?
Asientes con la cabeza y con la mirada, incapaz de articular palabra. Tus ojos hablan por tu boca.
- Eres mía, princesa. Eternamente – te susurro, mientras abrocho el collar alrededor de tu cuello.
- Te adoro, Amo. Te adoro, mi Amor – balbuceas con la voz entrecortada.
Engancho a la argolla del collar una larga cadena que dejo caer, deslizándose por tus pechos y tu vientre hasta tus manos.
- De nada serviría este collar si no encadenáramos a él nuestras almas, unidas como eslabones inseparables. En cada eslabón de esta cadena se entrelazan todos los sueños, todos los deseos, todo el paraíso que hemos ido creando juntos, nuestro mundo, tuyo y mío, solo tuyo y mío, eslabón a eslabón, para unir nuestras almas eternamente. Al final de la cadena, sujetándola, estarán mis manos, las mismas manos que te han guiado y te seguirán guiando por el camino que juntos construimos. Cuando falten mis manos, que sean las tuyas las que las suplan porque en tus manos están las mías, como en tu alma está mi propia alma.
Beso tus labios apasionadamente y retrocedo unos pasos, para volver a contemplarte, desnuda y arrodillada, a la trémula luz de las velas, deslumbrante el inmenso plenilunio de tu cuerpo postrado, con mis besos de luna atrapados en tu cuello, mirándome con ojos desbordados de lágrimas de amor, mientras tus manos tímidamente se entrelazan anudando en ellas el extremo descolgado de la cadena que pende de tu cuello.
Y en voz baja, rasgando levemente la cadencia del último movimiento de un adagio, te susurro como una letanía interminable: Te adoro, princesa... Te adoro, mi princesa...