jueves, 27 de diciembre de 2007

Entregada a la noche


Te entregas a la noche, amante y carcelera, que te ama y te ata y te domina, que te envuelve en su luna y te posee, que te marca la piel con luna llena, con besos calientes como el aire que acaricia tu cuerpo sometido, desnudo, arrodillado, entregado a sus manos invisibles.

La noche te encadena y te amordaza, te esposa las muñecas y tobillos, se adueña de ti y de tu alma, te ordena que liberes tus sentidos, que vibres de pasión y de deseo, que temas su dominio y el poder de sus labios sobre tu carne desnuda y excitada.

Se eriza tu piel al roce de sus dedos que alunizan en las lunas de tu cuerpo, que recorren tu caliente orografía, las redondas colinas de tus pechos, las cimas elevadas de tus pezones pinzados, el conquistado cráter de tu ombligo, la isla volcánica de tu sexo húmedo y ardiente, el plisado orificio que se esconde entre las dunas de tus nalgas separadas.

La noche te azota y te castiga, enreda en tu cintura el látigo hiriente de la soledad, golpea tu espalda y tus senos con el cuero trenzado del silencio, tus nalgas con la fusta implacable de la nostalgia.

Y te quita la mordaza para que gimas, para que grites del dolor que te provoca la ausencia de mis manos y mi boca y quedes, al fin, dispuesta únicamente para el goce, para ser poseída por la noche, amante y carcelera, que penetra en tu vientre y en tus entrañas con lujuria, hasta hacerte delirar por el placer que te desatan tus deseos liberados.

Te entregas a la noche... Pero tú sabes, princesa, que en verdad es a mí a quien te entregas... Porque yo estoy en la luna de esta noche, para amarte, para atarte y poseerte, para marcar tu piel con luna llena...

martes, 25 de diciembre de 2007

Es navidad, amor...


Es navidad, amor... Y están ausentes
las noches sin luna y el olvido.
Y te quiero... Te quiero en la distancia
y en el silencio, amor, y en la agonía
de encontrarnos distantes y silentes;
nosotros, que rompimos la distancia
inventando un Amor para nosotros.
Es navidad, amor... Y están presentes
los sueños que forjamos cada día,
tus ojos como el aire que me falta
y el echarte de menos cada instante.
Porque te añoro, amor, porque te quiero,
y es navidad, bien mío... Y me faltan
sonrisas como nieves de tu abeto,
el pulso de una vida que me ahoga.
Me faltas tú, bien mío... La caricia
de un alma que me trae el infinito.
Me falta un te quiero de tus labios.
Te falta un te quiero de los míos.
Que te quiero, amor mío, en la distancia,
que te quiero por siempre y para siempre.
Déjame que te escriba este poema
ahora que amanece... Está lloviendo...
Es navidad, amor... Y están presentes
la luna de esta noche y el recuerdo,
el cielo de tu cuerpo recreado,
tu alma anudada en mis entrañas.
Feliz navidad, princesa mía...
Nos queda un infinito para amarnos.

domingo, 23 de diciembre de 2007

Tus huellas


Como en tantas noches, te espero en esta orilla, mirando la quietud de un mar que se llevó las últimas huellas de tus pisadas sobre la fina arena de mi playa. Y, sin embargo, princesa, están todas tus huellas dibujadas en el horizonte, allí donde tu cielo se besa con mi mar, infinitos y eternos.

Se me escapa la arena entre los dedos, fina, suave y delicada como tu piel cuando se vierte entre mis manos, como la seda de tu pelo cuando dibuja caricias en mi pecho. Es la misma arena que pisaron tus pies de niña por primera vez, tus pies virginales como tú misma, la primera noche que llegaste a dibujar sonrisas en la arena, junto a la orilla, junto a mí, hasta que subiera la marea y borrara las huellas de tus sueños. La primera noche en que te regalaste entera, en que te hiciste mujer sobre mi cuerpo.

Mira, cielo, que está otra vez la luna llena de tus huellas, llena de ti...

El rumor del mar me acerca tu voz de niña diciéndome “te quiero”...

Está subiendo la marea pero las olas que vienen a morir hasta mi orilla no logran borrar las huellas de mi sueño... Porque eres tú mi único sueño de esta noche y de tantas noches en las que bajo hasta la orilla de mi playa a contemplar cómo nos besamos en el horizonte...

A esperar que cualquier noche como esta, llegues envuelta en espumas y las olas te arrastren y te empujen a mi orilla, otra vez, a dibujar las huellas de tu cuerpo sobre mi cuerpo desnudo...

viernes, 21 de diciembre de 2007

Alma con alma


¿Te diste cuenta, cielo? ¿La notaste?... Sabemos desde hace tiempo que nuestras almas se fundieron en una sola. Seguro que ambos soñamos, calladamente, que nuestros cuerpos se fundieran. Pero, quizá, nunca pensamos ni imaginamos que fuera posible el que tu alma atrapara mi cuerpo, el que mi alma acariciara el tuyo.

Tu alma en mi cuerpo... Yo he sentido en mis labios el calor de los tuyos pero también los besos de tu alma. Y recuerdo como mi alma bajaba por tu espalda desnuda... ¿La notaste, cielo? ¿A que con eso no contábamos? Tu alma enredada en mi pecho... La mía serpenteando en tus piernas...

Alma con alma, cuerpo con cuerpo, cuerpo con alma...

Yo sé que ahora la distancia nos pesa. Miro mis manos, cielo mío, y veo en ellas todas las caricias que no he podido darte. Recuerda que eran infinitas... No ha habido tiempo para caricias infinitas pero sí para sentimientos eternos.

Por eso, niña mía, no te importe llorar...

Haz una cosa, haz lo mismo que yo estoy haciendo ahora: dejar que las lágrimas bajen hasta los labios. Tómalas, saboréalas... Son lágrimas calientes, ¿verdad? Las lágrimas calientes nunca son malas, preciosa. Las calientes vienen del alma... Arráncate una lágrima con el dedo y llévatela hasta la boca. Son lágrimas de amor, cielo mío... Deja que caigan, desde el paraíso de tus ojos hasta tus labios. Y no olvides que tus lágrimas son mías y las mías, tuyas... Tan tuyas, que sé que ésta que ahora tengo temblando en la comisura de mis labios ha brotado directamente de tu alma porque sabe a ti, princesa, sabe a ti, sabe a ti, niña mía... Esa que ahora mismo tienes a la altura de tu mejilla, esa es mía, nacida de los ojos de mi alma, ese alma que se ha quedado contigo para siempre, amor, para siempre...

Y créeme, cielo mío, yo sé que hay un dios que nos tiene guardada una eternidad de caricias infinitas...

miércoles, 19 de diciembre de 2007

De puño y letra


Somos como antiguos románticos escapados del tiempo que en las noches se escriben sus cartas de amor, de puño y letra, a corazón abierto y desgranado sobre el papel. Palabras escritas sin teclados ni pantallas, a solas con el alma y con la noche, para ser leídas sin la inmediatez del presente, cuando derribando la distancia de nuestra lejanía, nos dejen en las manos la presencia cercana y deseada.

En mis manos, tu última carta, recién recogida de un buzón que el tiempo oxidara en su vana espera de albergar una carta de amor rubricada con la firma delicada de unas manos de mujer; recién abierta, desgajado el sobre de color y sin remite por el viejo cortaplumas de plata. Una carta para no ser devuelta si no llegara a su destino. Pero el destino existe y está en mis manos que desdoblan, con la recobrada inquietud del muchacho que se siente enamorado por vez primera, los folios asepiados donde se acuna tu limpia y redonda caligrafía.

Huelen a ti... Te gusta rociar el papel con tu perfume. Todas tus cartas llevan impregnadas tu aroma preferido. Y aunque pasen los meses, siguen oliendo a ti... Más allá del olor de tu perfume, percibo la fragancia de tu cuerpo sin perfume, la pureza de tu aroma de mujer que huele a mar y a noche de luna llena y a hembra descarnada y desgranada sobre el lecho de mi cuerpo y a princesa que acrisola las fragancias de tus veinte estrenadas primaveras.

El proemio de tu carta es un “Mi Amor”, que me hace vibrar en letras mayúsculas. Y el colofón, un beso lacrado por el carmín de tus labios suavemente posados en el papel. Sobre tus labios, tu nombre rubricado, tu nombre como un grito, como un eco incesante en mi cabeza, como un verso pronunciado repetidamente por mis labios susurrantes.

Me cuentas los sueños de una noche, secretos desvelados con anterioridad pero que suenan a nuevos cobijados en tu letra femenina, tu última aventura con la vida, las veces que te sientes prisionera en las cuatro paredes de tu cuarto, la nostalgia que te oprime el alma, la inevitable angustia de la duda, el temor a un futuro sin mí, sin ti, sin nosotros... Sé, princesa, que esa veta en el papel es la huella de una lágrima acariciada por uno de tus dedos, secada por la brisa caliente de tus labios soplando suavemente sobre ella... Cómo te quiero, amor, cómo te adoro...

Me cuentas que te asomas a la ventana y está la luna en cuarto creciente y que parece que estuviera sonriéndote, cómplice y traviesa, confidente de tus sueños y los míos...

Y me cuentas lo que debe quedar dentro de mí, como un enigma, como un secreto misterio que solo a ti y a mí nos pertenece...

A vuelta de correo, te escribo esta noche mi carta de amor... De puño y letra...

martes, 18 de diciembre de 2007

Pasión desbordada


Desbordada la pasión, nos dejamos arrastrar por el torrente desmedido de los deseos insatisfechos, liberadas por fin las compuertas de la lujuria, abiertas las esclusas de tu cuerpo prisionero de mis manos para dejarte invadir por mi cuerpo posesivo y dominante.

Nos comemos los labios y la piel, tratando de saciar un frenético apetito... Nos mordemos como fieras disputándose la presa común de nuestra carne... Mi boca asediando tus pezones erguidos e incitantes... Tu boca empeñada en dejar la marca de tus labios en mi cuello...

Mis manos te recorren, modelan los sinuosos contornos de tu cuerpo, se apoderan de tus nalgas apretadas, conquistan las húmedas riberas de tu sexo... Te contoneas, te defiendes rasgando sutilmente la piel de mi espalda con tus uñas, tratas de liberar tus pechos del envite de mi boca hambrienta, afrontas la lucha, cuerpo a cuerpo, tu rodilla abriéndose paso entre mis muslos, oprimiendo suavemente mis testículos, aprisionando mi verga contra el vientre...

Me abalanzo sobre ti sin soltarte, haciéndote retroceder hasta acorralarte contra la pared... Sujeto firmemente tus muñecas con mis manos y elevo tus brazos abiertos, crucificándote sin clavos contra el muro, apretando mi cuerpo contra el tuyo, definitivamente vencido y dominado...

Recobramos el aliento un instante, mirándonos a los ojos, los rostros cercanos y sudorosos... Siento arder en mi piel tu piel ardiente y palpitante... Mis manos aún ciñendo fuertemente tus muñecas... Tenso tus brazos para tensar a su vez tu cuerpo sometido... “Ya eres mía”, te susurro jadeante... “Ni se te ocurra moverte”, te ordeno con dulzura y con firmeza...

Aflojo la presión de mis manos hasta soltar tus muñecas... Las deslizo con suavidad por la cara interior de tus antebrazos, de tus brazos extendidos, hasta llegar a tus axilas... Desciendo hasta tus pechos, los amaso y estrujo con lascivia, pellizco tus pezones endurecidos, te escucho gemir mientras te estremeces... Mis manos siluetean tu cintura, se apoderan nuevamente de tus nalgas, te elevan, te obligan a envolver con tus piernas mis caderas, mientras mi sexo despliega los pliegues de tu sexo, penetrando en tu centro la carne henchida de un deseo incontenible...

Desbordada la pasión, sucumbes envarada por mi verga posesiva, te agitas de placer, danzas sobre mi sexo que se clava y se desclava en tus entrañas, clavada tú sin clavos, esclava del deseo desmedido que sacude tu cuerpo prisionero y dominado por el mío, hasta hacernos gritar por el delirio, por el éxtasis culminado y vertido en tu interior de mujer sometida y poseída, de mujer entregada y deseada...

viernes, 14 de diciembre de 2007

El collar de tu entrega


Solo la trémula luz de las velas deshace la intensa oscuridad de una noche de luna apagada, cegada tal vez por el fulgor deslumbrante del inmenso plenilunio de tu cuerpo desnudo. De pie, inmóvil, con tus manos tímidamente entrelazadas a la altura de tu pubis, la cabeza baja y los ojos entornados, te sabes contemplada por mis ojos perdidos en las profundidades de tu alma.

Una suave melodía de violines rasga levemente el silencio de la estancia. Los acordes de un adagio se mezclan con los arpegios de tu respiración acompasada y la cadencia de mi voz susurrante. Mi voz pausada y profunda penetra en tu ser, inunda tus entrañas de mujer sometida, eriza la piel de tu alma, estremece el alma de tu piel.

Entregada a mi voz, te arrodillas a su orden y su mandato, te deshojas sobre el suelo como los pétalos de una flor, sin prisas, con ternura. Dócilmente, suavemente, se desploman las lunas de tu cuerpo, las piernas abiertas, las rodillas firmemente asentadas sobre el piso, los pies juntos, las nalgas delicadamente apoyadas sobre los talones.

Me acerco a ti y acaricio tu pelo desparramado sobre la frente y los hombros, tus tibias mejillas, tus labios calientes. Poso con dulzura mi mano bajo tu barbilla y elevo tu rostro hasta que nuestras miradas se encuentran. Te sonrío, sin más voz que la de mis ojos clavados en los tuyos, desgranándote todo el amor encerrado en mis pupilas. Los tuyos, radiantes de luna llena, no ocultan el candor de una niña temblorosa y postrada, de una niña ofrecida como mujer, en cuerpo y alma.

- ¿Me amas? – te pregunto en voz baja.
- Con el alma – me respondes tímidamente.
- Dímelo – y suena más a súplica que a orden.
- Te amo con el alma – me dices con voz de terciopelo.
- ¿Eres mía? – te inquiero en un leve interrogante revestido de afirmación.
- Soy tuya – contestas sin recelos.
- ¿Sabes por qué? – te pregunto mientras deslizo mis dedos por tu cuello.
- Porque me amas y te amo con el alma – susurras dulcemente.

Vuelvo a sonreírte como un paréntesis de ternura en un diálogo fascinante.

- No, princesa. Amarte no sería suficiente. Yo te adoro.

Un nuevo silencio hondo, profundo, estremecedor... Suspiras levemente... Tus ojos fijamente clavados en los míos, brillantes, detenido el femenino parpadeo de tus largas pestañas... Resuenan filigranas de cien violines en la rotunda mudez de la noche...

- Yo te adoro, princesa – te repito. – Como solo se puede amar a una diosa, creyendo en ti con la fe ciega que implica la confianza absoluta, con el tiempo sin tiempo de lo eterno. Eres mía porque eres parte de mí, porque tú no eres tú sin mí, porque yo no soy yo sin ti.

Me inclino para besar los surcos de tus lágrimas calientes. Descienden mis labios hasta tu cuello y deposito suaves besos en todo su perímetro. Siento en la carne de mis labios vibrar el denso escalofrío que te hace temblar. Cuando acabo de rodear tu cuello con mi boca, me incorporo y me alejo de ti un instante para volver con un collar de cuero azul entre mis manos.

- He marcado tu cuello con mis besos, con las lunas cuarteadas de mis labios. Son besos de luna, princesa. Para que queden prendidos en tu piel, prisioneros en ti, te coloco este collar que es símbolo de tu entrega y de tu pertenencia a mí, símbolo de mi entrega y de mi adoración por ti, símbolo de un amor eterno y sin medidas.

Acaricio las palabras en mis labios. Te muestro el collar para que tus ojos lo contemplen con detenimiento. Remachadas en plata dos letras, las dos iniciales de nuestros nombres.

- Dime princesa, ¿quieres que aprisione mis besos de luna en la piel de tu alma?

Asientes con la cabeza y con la mirada, incapaz de articular palabra. Tus ojos hablan por tu boca.

- Eres mía, princesa. Eternamente – te susurro, mientras abrocho el collar alrededor de tu cuello.
- Te adoro, Amo. Te adoro, mi Amor – balbuceas con la voz entrecortada.

Engancho a la argolla del collar una larga cadena que dejo caer, deslizándose por tus pechos y tu vientre hasta tus manos.

- De nada serviría este collar si no encadenáramos a él nuestras almas, unidas como eslabones inseparables. En cada eslabón de esta cadena se entrelazan todos los sueños, todos los deseos, todo el paraíso que hemos ido creando juntos, nuestro mundo, tuyo y mío, solo tuyo y mío, eslabón a eslabón, para unir nuestras almas eternamente. Al final de la cadena, sujetándola, estarán mis manos, las mismas manos que te han guiado y te seguirán guiando por el camino que juntos construimos. Cuando falten mis manos, que sean las tuyas las que las suplan porque en tus manos están las mías, como en tu alma está mi propia alma.

Beso tus labios apasionadamente y retrocedo unos pasos, para volver a contemplarte, desnuda y arrodillada, a la trémula luz de las velas, deslumbrante el inmenso plenilunio de tu cuerpo postrado, con mis besos de luna atrapados en tu cuello, mirándome con ojos desbordados de lágrimas de amor, mientras tus manos tímidamente se entrelazan anudando en ellas el extremo descolgado de la cadena que pende de tu cuello.

Y en voz baja, rasgando levemente la cadencia del último movimiento de un adagio, te susurro como una letanía interminable: Te adoro, princesa... Te adoro, mi princesa...

miércoles, 12 de diciembre de 2007

Descubriéndote


Te descubro, como si fuera la primera vez que te tuviera desnuda y entregada ante mis ojos. De repente, se esfuman los recuerdos, las imágenes de ti que se quedaron prendidas en mi memoria, que rescaté en las noches donde la luna se llenaba de añoranzas. Ante mí, solo existe tu imagen recién descubierta, inédita y real, sin pasado ni versiones anteriores, tu imagen contemplada por vez primera.

Descubro que eres linda de los pies a la cabeza, que eres linda desde el alma hasta la piel, mujer-princesa, mujer de lunas engastadas en el cielo infinito de tu cuerpo. Descubro, sorprendido, tu timidez de niña temblorosa, tus ojos de niña rebelde, la mirada profunda de quien entrega el alma enamorada en el brillo de amor de sus pupilas.

Descubro el sabor de tus labios ardientes, la seda de tu piel deshilada entre mis dedos, tu aroma de mujer enardecida, el leve rumor de tu primer suspiro... Con los cinco sentidos revividos, te hago mía, te acaricio, te conquisto, te penetro, como si fuera la primera vez que mi cuerpo se desplomara sobre el tuyo virginal.

Te deshaces de pasión y de deseo, me deshago de amor y de delirio, nos deshacemos para rehacernos en una sola carne en un primer abrazo, siempre nuevo, siempre recién creado y descreado para volver a amarnos por vez primera.

Ahora vuelvo a soñarte, a rescatar tu imagen prendida en mi memoria, a acariciar tu alma desprendida de ti, recién descubierta en lo hondo de mi pecho, como si fuera la primera vez que me hicieras su dueño y su custodio...

lunes, 10 de diciembre de 2007

Enredos


Enredados tus cabellos en mis dedos, mis labios en tu cuello, los tuyos en mi piel.

Tus piernas enredando mi cintura, mis besos enredados en tus besos, suspiros que se enredan en el aire para enredar tus suspiros con los míos.

Caricias enredadas en tu cuerpo enredado de caricias, en tus pechos posados en mi pecho, en tus nalgas conquistadas por mis manos.

Enredos de placeres liberados y atados nuevamente en las entrañas... Tu sexo enredándose en mi sexo, trepando y destrepando la carne endurecida de un deseo enredado en tu deseo.

Mis ojos definitivamente enredados en los tuyos...

Las sábanas enredadas por la pasión desbordada y desmedida...

Y este enredo, amor mío, de un amor enredado, recreado, hecho y deshecho para volver a enredarlo en nuestras almas y en nuestros cuerpos desnudos.

El enredo de este amor que nos enreda, sin posibilidad de desenredos...

jueves, 6 de diciembre de 2007

Tu retorno


No precisas más equipaje que todos los deseos contenidos...

Lo desharemos en cuanto llegues, para liberar los deseos y atraparlos en tu piel y en la mía, vestidas de deseos incontenibles...

Voy a acariciarte hasta que queden sin huellas los dedos de mis manos...

Vamos a agotarnos, amor, hasta caer rendidos a los pies de la luna...

Solos... Tú y yo... Y el mar...

Hasta mañana, princesa...

lunes, 3 de diciembre de 2007

Contando lunas


Ya contamos por días los días que nos quedan. Ya no existen las semanas ni los meses, solo días, solo noches, apenas unas lunas. Ya podemos contar por horas, por minutos, por segundos si queremos, porque cada segundo nos acerca el momento definitivo en que dejaremos de contar.

Vienes a mí, a devolverme el alma conquistada, a recobrar tu alma prisionera...

El tiempo, princesa, se nos ha vuelto cómplice y amigo...

Nos arrebatamos mutuamente nuestras almas para que no importaran las semanas ni los meses que hemos ido contando, luna a luna, soñando con el día y con la noche en que volveríamos a prestárnoslas para poder amarnos con el alma cuando nos arrebatemos mutuamente nuestros cuerpos desnudos...

Ya solo contamos por días, por noches, por horas, por minutos, por segundos... Por lunas...

Está menguando la luna porque solo es posible un plenilunio: el de tu cuerpo y tu alma desnudos al alcance de mi cuerpo y de mi alma...

Para poner al alcance de mis labios y mis manos el paraíso de tus lunas sometidas...

Para entregarte por completo mis caricias de luna verdadera...

Para que el tiempo escriba, mientras tanto, plenilunios de versos en la noche...

Y mientras tanto, el mundo dormirá todos los sueños que nosotros no dormiremos...

domingo, 2 de diciembre de 2007

Tu verdad y la mía


Ya ves, princesa, que los caminos que otros trazan no son nuestros caminos...

Aléjate de mí si solo te considero hembra y no mujer, si te castigo por orgullo o prepotencia, si notas que pretendo anularte como ser, si confundo sumisión con carencia de personalidad propia, si te falto al respeto, si menosprecio lo que eres, lo que sientes, lo que vives, lo que deseas...

Aléjate de mí si no soy capaz de inspirarte una confianza absoluta y sin fisuras, si te soy desleal, si camuflo una aparente honestidad hacia ti sin ser primero honesto conmigo mismo, si me creo un dios omnipotente en lugar de un simple ser humano...

Aléjate de mí si no te entrego el alma...

Porque entonces, princesa, no te estaré amando verdaderamente...

Y nuestro camino, cielo, solo es posible andarlo desde el amor verdadero...

O desde el verdadero amor, que es el que tú y yo creamos con tu verdad y la mía...

Solo con tu verdad y la mía...

sábado, 1 de diciembre de 2007

Viernes


Viernes, como aquellos viernes,
cuando la noche era nuestra
y amasábamos la luna en nuestras manos
y la hacíamos niña y compañera.
De la mano,
recorríamos la noche
y a veces nos sorprendía la aurora
con los ojos abiertos.
Viernes, como aquellos viernes
en que le dábamos forma a los sueños
que dejaban de ser tuyos y míos
para hacerlos nuestros.
Es posible que el amor naciera un viernes...
Después,
hicimos de cada día
un nuevo viernes
para amasar la luna en nuestras manos.
En viernes comenzaba la semana
y acababa en viernes...
Yo me iba a dormir con el sol de tus ojos;
tú, a soñar que la luna me daba
el beso enamorado de los viernes.
Fue un viernes,
un viernes de luna llena,
la primera vez que nos besamos.
Detuvimos el tiempo
para enredar mi cuerpo con tu alma
y mi alma con tu cuerpo...
Y la aurora
nos sorprendió
con los ojos abiertos
y los cuerpos desnudos y abrazados.
Ahora, amor,
los días dejaron de ser viernes.
Solo los viernes siguen siendo viernes,
quizá porque dejaron de ser días.
En sábado comienzan las semanas
y acaban en jueves.
Porque ya no existen viernes en el calendario.
Los he arrancado todos
para hacerlos míos,
para que nadie nos quite nuestros viernes.
Por eso, amor,
si alguna vez deseas
que amasemos la luna en nuestras manos,
no temas...
Me he guardado los viernes en el alma
por que siempre los tengas a tu alcance.
Hoy es viernes
y estaré solo.
Algún día te regalaré
todos los viernes que no estuvimos juntos
para hacerlos nuestros.
Y ya no existirán ni miércoles,
ni sábados ni lunes,
solo viernes.